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"Dice que enseguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así
después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que lo
engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría"Marguerite Duras
No sé por qué conservo a un odontólogo en mi cama. No lo sé. Abro los ojos y ahí está, despierto, dormido, siempre con el rostro de quien sólo sueña obscenidades. ¿Por qué habría yo de tolerarlo como amante? Hombre siempre níveo, siempre decente, siempre tan cuerdo. ¿Qué oficio puede ser peor que el de crear falsos rasgos de felicidad en almas mustias y azules?
De nuevo, ahí está, revolviéndose como un animal lujurioso entre las sábanas y susurrando rancias palabras de amor a mis oídos. Suplicando besos y demás atenciones. Arrañándome. Amando mi voluptuosidad. Disputándole gemidos a la frigidez de mis movimientos. Respirando el aire corrompido que emana de mis pulmones.
Ahí está y no me deja.
Yo, no olvido.
Lola, gritó una noche frente a la calle de las putas.
Lola, dijo y me tomó de la cintura y los cabellos.
-A los 15 años tenía el rostro del placer y no conocía el placer.
Serás la misma diosa de siempre. Soberbia como sólo tu sabes serlo.
Lola.
Me construyó la mejor de las sonrisas y dispuso para mi cuidado a centenares de sujetos quienes no comprendían el interés del odontólogo hacia la puta más huesuda de la calle de las Magdalenas. Y fui una como una señorita. Lady in red junto al hombre de blanco.
Soy suya.
Todas la noches llega a mi cama y le hace el amor a un espectro volátil. Y comprendo. Él nunca fue odontólogo y esta nunca fue mi cama. Él hace el amor en su cama. Y eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso.
¿Yo?
De noche, mientras me tira, aun creo ser la puta más huesuda de la calle de las Magdalenas.
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