Tenía la forma perfecta, el color armonioso, y los movimientos indicados. Su nobleza era absolutamente inalcanzable. Era un animalito indecente atrapado en una aparatosa e indigna ciudad gris como Lima. Yo solo pude contemplarla, estupefacto. Observé sus largas piernas y sus botas rojas de charol; sus pechos redondos y erguidos; sus grandes y deliciosos ojos negros y en ellos, su malicia.
Malicia.
He robado, he engañado, he fornicado y he asesinado. He maltratado a mi madre y he traicionado a mis hermanos. He golpeado a innumerables mujeres y niños. He ahogado gatos y me los he comido. He tomado a la mujer de mi prójimo sin mayor remordimiento y he desterrado a mi hijo sin mayor desconsuelo. He atentado contra mi cuerpo y contra el cuerpo de quien me protegía, con su amor, con su ternura. Pero ella, Ella y sus nocivos ojos negros representaban toda la maldad e inmundicia que incluso el hombre más vil del mundo no había conocido. Y eso fue lo que amé. Su maldad.
Nunca fue mía, nunca fue de nadie. Ella vino a este mundo a corromper, más no a ser corrompida. Sé de muchos hombres que han muerto en su honor, pobres ilusos que nunca comprendieron que la maldad en su expresión máxima no puede ser poseída por humanos. Yo, que le he visto los ojos, no tengo más recuerdo que el suyo, su sonrisa tiritante y el único término que utilizó para describirme: Piraña.
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3 comentarios:
Nada. Tú qué sabes. Nada. Ala, ala...
Yo sé nada
nada
nada
nada
!Ay!
Niñita
sabes mucho
mucho
mucho
mucho
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