Al voltear la esquina creyó que todo había terminado ya. Desaceleró el paso para disimular, se arregló el escote y contó el dinero que traía en la cartera. Unos cuantos centavos viejos, un par de monedas plateadas y el más humilde de los billetes habrían de ser útiles por un par de horas más. Compró leche, pan y tantos cigarros como pudo. Cruzó una hedionda plazuela hasta llegar a un estrecho callejón muy conocido por la sordidez de su habitantes y los espantosos gemidos que se escuchaban cada madrugada, siempre provenientes de aquel caserón cuya puerta hoy, después de algunos años, se abría para recibirla.
Casi todos los habitantes de la casa se estremecieron al verla. Ya nadie esperaba volver a sentir la fragancia de sus cabellos desordenados ni las caricias de sus groseros labios embadurnados de carmín barato. La habían olvidado sin proponérselo, la habían olvidado por necesidad; por regla general y nadie volvería a mencionarla pues era prohibición desde los tiempos de la bestia.

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