15/11/10

Entro. Camino hacia el edificio azul hospital. Hay gente alrededor. Me detengo en la puerta. Veo sombras deformes, colores distantes que se dirigen hacia mi. No importa. Escucho voces familiares, llamadas, saludos cordiales. No quiero responder. No me corresponde responder.

El viento se estrella contra mi rostro.

Inmóvil. El ambiente me adormece y tirito de frió. Un paso más y estoy muerta. Todo tiembla, todo se desvanece. Estás, estás, en algún lugar estás, y mi cuerpo percibe tus movimientos. En mi corazón, sólo pánico. ¿Y si gritase? Quizás acudirías a mi llamado. El riesgo es muy alto, puedo perder mis canciones en el intento. Sigo inmóvil, ese es mi destino. Ante tu presencia, ese es mi destino.

Entonces apareces, radiante, majestuoso; como cuando se fotografía movimientos violentos con velocidades bajas. Pienso. Así somos. Tú, violento y brillante. Yo, triste. Mientras te acercas, mis venas explotan y ahí estoy, embadurnada en mi sangre. Toda una perdida.

Me tienes.

Pero tu corazón es extranjero.
Y me oyes.
Y bebes de mi sangre.
Recoges mis uñas y mis entrañas.
Peinas mis cabellos.
Y eres bueno.
Bueno.



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