Esta es una de "esas" reliquias, una de esas cosas que en primera instancia se detesta pero luego se quiere con tanta intensidad que se suplica para que regrese a ti. ¡Que bien se encierran los recuerdos, eh! Juan Pablo Bustamante Nascimento -juampi- es pues un joven poeta y escritor pero sobre todo, muy querido amigo mio.
De sus más recientes glorias se escribirá en un capítulo especial.
Un besito y un fuerte abrazo para él.
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El libro voyeur
Por: Juan Pablo Bustamante.
http://fuegodepayaso.blogspot.com/
Una de las cosas que me atrajo de Yasunari Kawabata desde el primer momento en que supe de él fue su suicidio. Cuatro años después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura decidió ponerle fin a su vida inhalando gas y sin dejar explicación alguna. Pero lo más paradójico de esto es que una de las principales características de su obra es la búsqueda de la belleza. ¿Por qué decidiría quitarse la vida alguien que estuvo tan cerca de –o que, tal vez, encontró– la belleza del mundo? Quizá porque descubrió que lo bello es sinónimo de tristeza. Podría ser.
"Lo bello y lo triste", último libro escrito por Kawabata, llegó a mis manos después de la Navidad del 2006. Había sido el primer año en que yo compraba regalos para mi familia, y al parecer eso le gustó tanto a mi madre que le pareció una buena idea (la mejor que ha tenido en mucho tiempo) comprarme el libro que semanas atrás no dejaba de mirar. O no dejaba de mirarme, desde su cómodo estante en la recién inaugurada librería Crisol, a espaldas de Plaza San Miguel. El contraste entre las palabras que forman el título, la fotografía de la mujer vestida con un kimono en la portada, el logo de Emecé Editores, todo forma un conjunto que es prácticamente imposible evitar que te atrape por los ojos. Y a mí me atrapó ese día y mi madre se dio cuenta de eso en mi expresión. "Como si fueras un niño con un caramelo", me dijo.
Entre "Rayuela" y "El libro del tao", "Lo bello y lo triste" es, sin duda, uno de los atractivos turísticos más visitados por la gente que entra a mi cuarto. Su contraportada tiene manchas producidas por todas las manos que lo han sostenido. Desde que me fue obsequiado, el libro se ha mudado una vez de casa y fue inquilino del cuarto de un amigo por un tiempo. Tiempo en el que, por supuesto, viví terriblemente angustiado.
A unos cuántos pasos de cualquier parte, en un tercer piso, vive este amigo mío, poseedor de muy mala fama y de una personalidad esquizofrénica. El libro fue recibido amistosamente por él, después de que yo permitiera –entre lágrimas– su temporal estadía. Cada vez que iba a visitarlo (es necesario aclarar que ir a visitar a mi amigo no era más que un pretexto para ver qué tal se encontraba mi Kawabata original), parecía que sus hojas me pedían que lo llevara de vuelta a su casa, que es mi casa. El libro pasaba de un cajón a la mesa de noche, de la cama al costado de la computadora. Sospecho que pasó también por las patas de la gata que vivía en el cuarto. Era parcialmente leído por todas las personas que iban a visitar a mi amigo. Y fue el principal testigo de todas las cosas que ocurrían en ese cuarto.
La imagen de la portada logra ilustrar la sensación que te deja la historia narrada en el libro: el novelista Oki Toshio, impulsado por la nostalgia, decide viajar a Kyoto para escuchar las campanadas del templo en el Año Nuevo. Pero también quiere ver a Otoko, su antigua amante y ahora pintora, quien vive con su aprendiz de veinte años Keiko. El amor, la venganza, la destrucción, todo se puede resumir en una oración de una película de Woody Allen: "La vida trata de un modo sádico a la gente con talento".
Una tarde de un martes, el cuarto fue prestado, libro incluido, a una amiga en común, para que tuviera un encuentro con un tipo X que ella no conocía muy bien. Sin embargo él conocía muy bien a Kawabata y el libro pasó buena parte de la velada en sus manos. Pero, como es de suponerse, el tipo X no fue con la idea de leer. Entre masajes y una película plagada de situaciones eróticas, mi Kawabata original terminó siendo desplazado para el lado opuesto de la cama, para que participara de le escena como voyeur. Entre tantos movimientos de cama, el libro fue escondiéndose debajo de la frazada, tal vez por miedo a ser manchado nuevamente. Mi amiga sabía muy bien que si el libro sufría, ella iba a sufrir. Así que, aprovechando de detener el juego peligroso del tipo X, se aferró al libro como último recurso. En ese momento mi amigo entra a su cuarto, creyendo que nuestra amiga en común ya se había ido. El tipo X decidió retirarse justo cuando yo estaba llegando. El libro en las manos de mi amiga pareció inspirar lo único que pudo decir esa tarde: "Él es muy bello, yo soy muy triste". Tomé el libro y me despedí. Esa noche, "Lo bello y lo triste" durmió a mi costado y le prometí que nunca más se iba a separar de mí.
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Una de las cosas que me atrajo de Yasunari Kawabata desde el primer momento en que supe de él fue su suicidio. Cuatro años después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura decidió ponerle fin a su vida inhalando gas y sin dejar explicación alguna. Pero lo más paradójico de esto es que una de las principales características de su obra es la búsqueda de la belleza. ¿Por qué decidiría quitarse la vida alguien que estuvo tan cerca de –o que, tal vez, encontró– la belleza del mundo? Quizá porque descubrió que lo bello es sinónimo de tristeza. Podría ser.
"Lo bello y lo triste", último libro escrito por Kawabata, llegó a mis manos después de la Navidad del 2006. Había sido el primer año en que yo compraba regalos para mi familia, y al parecer eso le gustó tanto a mi madre que le pareció una buena idea (la mejor que ha tenido en mucho tiempo) comprarme el libro que semanas atrás no dejaba de mirar. O no dejaba de mirarme, desde su cómodo estante en la recién inaugurada librería Crisol, a espaldas de Plaza San Miguel. El contraste entre las palabras que forman el título, la fotografía de la mujer vestida con un kimono en la portada, el logo de Emecé Editores, todo forma un conjunto que es prácticamente imposible evitar que te atrape por los ojos. Y a mí me atrapó ese día y mi madre se dio cuenta de eso en mi expresión. "Como si fueras un niño con un caramelo", me dijo.
Entre "Rayuela" y "El libro del tao", "Lo bello y lo triste" es, sin duda, uno de los atractivos turísticos más visitados por la gente que entra a mi cuarto. Su contraportada tiene manchas producidas por todas las manos que lo han sostenido. Desde que me fue obsequiado, el libro se ha mudado una vez de casa y fue inquilino del cuarto de un amigo por un tiempo. Tiempo en el que, por supuesto, viví terriblemente angustiado.
A unos cuántos pasos de cualquier parte, en un tercer piso, vive este amigo mío, poseedor de muy mala fama y de una personalidad esquizofrénica. El libro fue recibido amistosamente por él, después de que yo permitiera –entre lágrimas– su temporal estadía. Cada vez que iba a visitarlo (es necesario aclarar que ir a visitar a mi amigo no era más que un pretexto para ver qué tal se encontraba mi Kawabata original), parecía que sus hojas me pedían que lo llevara de vuelta a su casa, que es mi casa. El libro pasaba de un cajón a la mesa de noche, de la cama al costado de la computadora. Sospecho que pasó también por las patas de la gata que vivía en el cuarto. Era parcialmente leído por todas las personas que iban a visitar a mi amigo. Y fue el principal testigo de todas las cosas que ocurrían en ese cuarto.
La imagen de la portada logra ilustrar la sensación que te deja la historia narrada en el libro: el novelista Oki Toshio, impulsado por la nostalgia, decide viajar a Kyoto para escuchar las campanadas del templo en el Año Nuevo. Pero también quiere ver a Otoko, su antigua amante y ahora pintora, quien vive con su aprendiz de veinte años Keiko. El amor, la venganza, la destrucción, todo se puede resumir en una oración de una película de Woody Allen: "La vida trata de un modo sádico a la gente con talento".
Una tarde de un martes, el cuarto fue prestado, libro incluido, a una amiga en común, para que tuviera un encuentro con un tipo X que ella no conocía muy bien. Sin embargo él conocía muy bien a Kawabata y el libro pasó buena parte de la velada en sus manos. Pero, como es de suponerse, el tipo X no fue con la idea de leer. Entre masajes y una película plagada de situaciones eróticas, mi Kawabata original terminó siendo desplazado para el lado opuesto de la cama, para que participara de le escena como voyeur. Entre tantos movimientos de cama, el libro fue escondiéndose debajo de la frazada, tal vez por miedo a ser manchado nuevamente. Mi amiga sabía muy bien que si el libro sufría, ella iba a sufrir. Así que, aprovechando de detener el juego peligroso del tipo X, se aferró al libro como último recurso. En ese momento mi amigo entra a su cuarto, creyendo que nuestra amiga en común ya se había ido. El tipo X decidió retirarse justo cuando yo estaba llegando. El libro en las manos de mi amiga pareció inspirar lo único que pudo decir esa tarde: "Él es muy bello, yo soy muy triste". Tomé el libro y me despedí. Esa noche, "Lo bello y lo triste" durmió a mi costado y le prometí que nunca más se iba a separar de mí.
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1 comentario:
Es que kawabata lo sabe todo (?).
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